Las hermanas Bunner.

Edith Wharton escribió Las hermanas Bunner en el año 1892, aunque no se publicaría hasta 1616, porque esta novela corta fue editada originalmente en dos partes en una publicación neoyorquina: Scribner´s Magazine. Resulta curioso porque pocas veces tengo la ocasión de leer algo que se publicó de modo episódico y se conserva el texto entero sin cortes. Hubo una época en la que periodismo y literatura tuvieron una fructífera relación, de hecho no es hasta finales del siglo XIX cuando los primeros conatos separatistas hacen su aparición. Esta división vino apoyada por la especialización. De un lado estaría el arte: la literatura; de otro, la información. Sin embargo nosotros sabemos que el hecho objetivo es uno: ambas confluyen en la comunicación, ¿o no?

Esta obra cuenta la historia de dos hermanas (Ann Eliza y Evelina) que regentan una mercería en un barrio humilde de Nueva York. Los días discurren en esa apacible monotonía en la tienda y sus vidas de trastienda hacen de ese universo un oasis de esperanzas y anhelos enclaustrados con esmero y sin frustraciones.  Su universo se centra en la tarea de bordar mangas de vestidos, calar somberos, engarzar complementos… Un día Ann Eliza regala un reloj a su hermana y surge una bonita relación con el relojero, Hermann Ramy, un alemán afincado en la ciudad que pronto empezará a formar parte de la rutina de las Bunner y a descorchar el tarro de las ensoñaciones de otra vida, las esperanzas de otra situación con otro compañero de viaje. Este personaje agitará el universo perfectamente ordenado de las hermanas y se iniciará así un juego de miradas, expectativas, sombras y detalles que nos llevarán a conocer verdaderamente a los personajes como si nos estuviéramos asomando a esa tiendecita de principios del siglo XX.

Wharton tiene la virtud de hacer que fluya el recargamiento excesivo de una descripción generosa. La cantidad de información que aporta por párrafo es increíble y lejos de ser cargante se vuelve bastante efectista. No sobrepasa al lector, es generosa en detalles y conseguimos recrearnos precisamente en ello. Si has leído o visto La edad de la inocencia, con la que la autora ganó el premio Pulitzer en 1921, te puedes hacer una idea de lo que hablo. Esta obra es descriptiva hasta la extenuación, sobrecoge por la enorme cantidad de detalles que parece que los personajes flotan en una nube lejos de la realidad del resto de los mortales. Si has visto la película, supongo que es la voz de Nuria Espert la que te ha taladrado con ese almibaramiento catalino del que adolece esta “gran dama” del teatro (porque cuatro listos lo dicen y por cojones tiene que ser esta señora la referencia teatral).

El detonante entre las hermanas afronta un problema que hoy día es común a todo el mundo y lo conocemos: una adicción. Las consecuencias todos las hemos padecido alguna vez: la mentira. Los efectos colaterales siempre se dejan sentir: alguien sale herido. El resultado final es ineludible: la pérdida.

Me ha sorprendido la temática, especialmente porque no la esperaba a principios de siglo. Me doy cuenta de que cualquier cosa ya estaba inventada y que la gran virtud de Ann Eliza ha sido quizás saber callarse, ser discreta hasta provocar un desastre. Si más de uno mantuviera la boquita cerrada hoy día…

Un episodio me ha llamado la atención especialmente: la petición de mano, un momento que es brutal. El nivel de remilgo y convencionalismo es tal que hace que te sonrojes y te hundas en el cojín donde estés apoyado leyendo el libro. Una formalidad dictatorial, pero lo que sí es de libro, nunca mejor dicho, es la reacción de la chiquilla:

“Se sintió inconmensurablemente aliviada al quedarse sola. Sabía que el momento crucial de su vida había pasado, y se alegraba de haber estado a la altura de sus ideales. Había sido una experiencia maravillosa y, pese a las lágrimas que corrían por las mejillas, no se arrepentía de haberla vivido. Dos hechos, sin embargo, le restaban perfección: que hubiera sucedido en la tienda y que ella no hubiera lucido el vestido de seda negra.”. 

La edición que puedes encontrar en las librerías la ofrece contraseñaeditorial, una maravilla que hecha con mimo que va acompañada por un prólogo de Soledad Puértolas y hace de esta novela algo pequeño pero muy valioso.

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Acerca de dameestrellasolimones

Una canción de Family siempre es buena compañía.
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